Hermanita Magdalena

Magdeleine Hutin nació en París el 26 de abril de 1898. Su familia originaria del este de Francia,  fue diezmada durante la Primera guerra mundial y su pueblo fue destruido. Esta guerra marcó dolorosamente su juventud. A pesar de tantos sufrimientos, Magdeleine ama la vida y conserva una mirada positiva sobre cada persona.

Desde niña desea dar su vida a Dios y su padre le transmitió su amor por los pueblos árabes. Cuando descubre entonces en 1921 la figura de Carlos de Foucauld, a través de la biografía escrita por René Bazin, la recibe como una iluminación. Se siente llamada a esta vida centrada en Jesús que ama con pasión, vida vivida en medio del mundo musulmán con el deseo de testimoniar silenciosamente el amor del Señor hacia toda persona humana, como lo hizo Jesús en Nazaret.

¡La espera será larga! Está enferma y además no puede abandonar a su mamá que es viuda y que tiene en ella su único apoyo.

En 1936 su enfermedad se agrava y está al borde de la invalidez. En esa situación un médico le prescribe como única solución posible irse a vivir en un país donde no cayera una gota de lluvia… ¡como el Sahara!

Para el sacerdote que la acompañaba este era el signo que esperaba y él la anima a partir sin demora, apoyándose únicamente en la fuerza del Señor.

Así parte para Argelia con su mamá y una compañera también frágil de salud y se instalan algunos años en medio del barrio árabe en una pequeña ciudad en las altas mesetas. Allí intenta responder a las necesidades de una población pobre y abandonada.

A la luz de Belén

Su vocación se aquilata con esta luz de Belén. En una profunda experiencia espiritual, recibe al niño Jesús de las manos de la Virgen María. Ante ese recién nacido indefenso queda seducida por el misterio de la mansedumbre y humildad de Dios. De ese dios que quiso ser uno de nosotros y se hizo niño pequeño. Desde aquel momento su camino será la infancia espiritual según el Evangelio, camino de confianza y abandono en las manos del Padre para todo lo que Él quiera: “Me tomó de la mano y lo he seguido ciegamente.”

Y Dios la condujo hacia las personas más pobre y más sufrientes con el deseo de compartir su vida y poder ser en medio de ellas una señal de la ternura de Dios.

El 8 de setiembre de 1939, Magdeleine Hutin que tomó el nombre de hermanita Magdeleine de Jesús funda con ese espíritu la Fraternidad de las hermanitas de Jesús consagrada primero en exclusividad para los pueblos musulmanes.

La primera fraternidad nace en Touggourt, en un oasis del Sahara argelino. Al borde de ese oasis viven algunas centenas de personas nómadas obligadas a agruparse por su gran pobreza. En medio de estas personas se instala en una vieja casa  en ruinas y con la ayuda de ellos empieza a arreglarla.

La hermanita Magdeleine trabaja con ellos desde la mañana a la tarde, se interesa en todo lo que constituye sus vidas, conoce a cada uno por su nombre y en esa ayuda recíproca se establece pronto una profunda amistad. Muy pronto su primera compañera se va y ella se encuentra sola, completamente inmersa en este ambiente musulmán. Al evocar esta experiencia ella escribía:

“Con ellos he vivido un período extraordinario de mi vida. Allí vi que un amor de amistad puede existir en medio de diferencias de raza, de cultura, de condición social. Ellos eran de los más pobres de los nómadas, personas que no tienen nada y que se instalan en el borde de los oasis para recibir ayuda y fueron conmigo de una bondad y una delicadeza emocionantes.”

La Fraternidad fue construida sobre esta roca de la amistad y la confianza recíproca con los pobres, compartiendo la vida día tras día con profundo respeto.

Se trataba en realidad de una nueva forma de vida religiosa y para estar segura de actuar según la voluntad de Dios, la hermanita Magdeleine somete a la mediación de la Iglesia todas sus intuiciones de fundadora.

En diciembre de 1944, cuando la congregación contaba con apenas una docena de miembros y sin tener todavía ningún reconocimiento oficial, ella logra en plena guerra llegar a Roma para confiar al Papa todo lo que habita su corazón referido a la fundación. Pío XII la recibe y la escucha con gran benevolencia. Encuentra también a monseñor Montini, quien sería después Pablo VI y él le expresa desde el primer momento una cálida simpatía. La hermanita Magdeleine guardará a lo largo de toda su vida un gran amor por la Iglesia, sabiendo defender ante ella los puntos esenciales de esa nueva vocación con mucho vigor y perseverancia.

Hasta el fin del mundo

La Fraternidad de las hermanitas de Jesús crece. La fuerza evangélica de las palabras de la hermanita Magdeleine llega al corazón de muchas jóvenes. Ella les escribe en un tono muy personal como dirigiéndose a cada una de ellas:

“Como Jesús durante su vida humana, hazte toda a todos: árabe en medio de los árabes, nómada en medio de los nómadas, obrera en medio de las obreras y obreros… pero ante todo humana en medio de los humanos.

Como Jesús penetra profundamente y santifica el  medio que te rodea  conformando tu vida a la de ellos, por amistad, por amor, por tu vida totalmente entregada como la de Jesús, al servicio de todas y todos por una vida tan mezclada hasta ser una con todos para ser en medio de ellas y de ellos como la levadura que se pierde en la masa para hacerla levantar.

Para que las fraternidades puedan ser abiertas y acogedoras sin riesgo y sobretodo con frutos deberán ser al mismo tiempo focos irradiantes de oración y de amor, de paz y sencillez, de mansedumbre y alegría. Vivirás en presencia de Jesús, como en la santa casa de Nazaret, con el recogimiento del amor, con el corazón y el espíritu tan llenos de Jesús que a través de ti Él pueda irradiar y desbordar.”

 Es una nueva forma de vida contemplativa, vivida en medio del mundo, en grupos pequeños, como una familia. En el corazón de cada fraternidad una pequeña capilla con el Santísimo porque la oración de las hermanitas, como la del hermano Carlos está centrada en la adoración silenciosa de Jesús presente en la Eucaristía y en el Evangelio que debe penetrar y transformar sus corazones.

En 1946, la Fraternidad se abre al mundo entero. La hermanita Magdeleine acaba de revivir con profunda intensidad la Pasión de Jesús y sale de esta experiencia espiritual como con “una herida en el corazón”, con una compasión inmensa por todo sufrimiento, un amor ardiente que va a conducirla hasta el fin del mundo. Las fundaciones se multiplican en los cinco continentes con un ritmo que desafía la prudencia humana pero la hermanita Magdeleine persuadida de que la fuerza de Dios actúa en la debilidad escribe:

«Cuando miro a las hermanitas y las veo todavía tan jóvenes, tan poco formadas, experimento un poco de miedo… Pero cuando miro al pesebre y al niñito Jesús sobre la paja y los pastores, y los apóstoles y todas las personas que han empezado algo grande me vuelvo a decir que es esta pobreza y esta debilidad que el Señor quiere, así será sólo Él quien actuará y nosotras no seremos sino sus instrumentos que Él puede manejar sin que se resistan.”

 En las situaciones de conflicto y opresión la hermanita Magdeleine anima a las hermanitas para que sean solidarias de los más pobres y a que luchen con ellos contra la injusticia pero sin violencia, mirando siempre la gruta de Belén:

“Desearía que las hermanitas de todos los continentes dejaran traslucir por todas partes alrededor de ellas, hasta los confines de la tierra la irradiación de ese niñito que es dulzura, ternura, luz, esperanza. El mundo actual tiene tanta necesidad de esta dulzura, de esta ternura, de esta luz, de esta esperanza…”

 La pasión de la unidad

La hermanita Magdeleine sabía por experiencia desde su infancia hasta donde puede conducir el odio entre las naciones y este dolor había cavado en ella un inmenso deseo de unidad.

En su primer viaje al Africa central al descubrir las heridas del racismo escribía:

“¿Será necesario que hasta el fin de los tiempos haya siempre grupos de personas humanas que desprecien a otros?… Creo que el desprecio es peor que el odio y si no conduce derechito al odio. Y esto quiebra la unidad del amor…

            Cada vez veo más claro que esto el puro espíritu del Evangelio, el puro espíritu de Cristo quien nos dejó como último mensaje antes de morir, ese mensaje que se recibe con tanto amor de las personas que están muriendo, esta oración: “Que sean uno como nosotros somos uno, yo en ellos y Tú en mi, para que sean consumados en la unidad.”

             También afirmaba: “Si me pidieran definir con una sola palabra la misión de la Fraternidad, no dudaría un minuto y exclamaría Unidad – porque  todo puede ser resumido en la unidad.”

            Solo de oír hablar de un país con fronteras cerradas, se sentía irresistiblemente atraída y fue así como muy pronto en pleno período estalinista ella sueña con partir a Rusia.

A partir de 1956, cada año realiza viajes con estadías discretas en la mayoría de los países europeos con régimen marxista. Recorría cientos de kilómetros acompañada de algunas hermanitas, en una casa rodante con la finalidad de confortar a los cristianos perseguidos y también de tejer lazos de amistad con todas las personas creyentes o no que encontraba en el camino. En sus estadías en Rusia participa en la oración de los cristianos ortodoxos y con muchos miembros de esa Iglesia vive grandes amistades. El ecumenismo es una de sus prioridades desde los inicios de la Fraternidad.

El 8 de setiembre de 1989, la Fraternidad celebra su jubileo. Muy poco antes la hermanita Magdeleine tras una caída y fractura ya no se levantará más y se debilitará progresivamente. Unos años antes había escrito a las hermanitas:

“Quizás alguna de nosotras se encuentra más cerca del gran encuentro con el Señor. Solo Él lo sabe. Esperémoslo con amor “más que el vigía que espera la aurora” (salmo 130)… “Mi alma tiene sed de dios, del Dios vivo, cuando lo veré cara a cara (salmo 42). ¡No tengan miedo! Él es solo bondad y misericordia. ¡Él es el Amor!…”

 Con esta fe y esta sed del Encuentro, en la tarde del 6 de noviembre de 1989, con mucha sencillez ella parte hacia su Señor.

¿Qué puede revelarnos una vida semejante?… quizás lo que ella misma decía poco antes de su muerte:

“Yo no he deseado hacer otra cosa que una obra de amor. Ahora les tocará a  ustedes, que se comprometieron después de mi en el mismo camino, seguir haciendo, ustedes también una obra de amor, con una clara conciencia de que esa obra no nos pertenece. Es una obra de Iglesia.”