Infancia Espiritual

DIOS se hace cercano en la pequeñez y fragilidad: Él viene a traer consuelo, luz, esperanza y ternura.

«Por encima de todo con un CORAZÓN de NIÑO, deberás recibir al Niño JESÚS del PESEBRE de manos de la VIRGEN MARÍA su MADRE

Y este será el broche de oro…

Podía haber sido el comienzo, como lo fue para tu Modelo Único. Jesús. Pero probablemente hubieras olvidado mirarlo con bastante amor y no lo hubieras contemplado de manera prolongada bajo este humilde aspecto, sin grandeza, ni majestad, que al principio, también a ti te hubiera desconcertado un poco…

Hasta ahora, habías tratado de hacer cosas gran­des y bellas y te habías decepcionado. Siempre nos desilusionamos, de una u otra manera, cuando trata­mos de hacer por nosotros mismos algo grande y hermoso, aun si queremos convencemos que lo hace­mos con desinterés, hasta llegar a creerlo…

Habías puesto mucho de tu parte, buscando gran­des y hermosos logros -toda tu inteligencia, toda tu voluntad, todo tu amor y en tu corazón las intenciones más rectas y las ambiciones más santas. Por eso quedaste doblemente decepcionada.

Sin estas apariencias de fracaso, no tendrías lugar entre los discípulos de Aquel que murió en la Cruz, traicionado, abandonado por los que con ternura Él llamaba sus amigos y que había formado junto a Él, en la intimidad de su amor. No serías verdaderamente hija del que murió «violenta y dolorosamente asesinado», después de haber sido traicionado por uno de los que tanto amaba, sin un amigo, sin un hijo para recoger las enseñanzas de esta hora suprema…

Te habías entregado cuerpo y alma a este gran intento, tan contenta y orgullosa cada vez que te parecía haber logrado algo.

Querías ofrecer al Señor el éxito de tus proyectos, llegando a Él muy feliz con tus manos llenas. Pero habías olvidado mirarlo a Él, tu Único Modelo. Él sólo te podía presentar sus manos rasgadas por los clavos de la cruz, manos callosas de trabajador o manitas impotentes en un pesebre…

Y ese pesebre, lo habías mirado como al pasar, o con los ojos indiferentes de una persona adulta que fácilmente cree que no tiene nada que ver con él, o le prestaría atención si fuera necesario, pero únicamente durante el tiempo de Navidad.

 A la cruz, la habías mirado con más detenimiento. En ella encontrabas algo más grande para satisfacer tu ser de adulto, y aun en esa búsqueda de abyección y sufrimiento, podía esconderse un poco de orgullo. ¡Tan fácilmente uno puede creerse héroe por haber sufrido con valor!

Habías mirado el taller del Carpintero, admirando la belleza que brota siempre del esfuerzo en el trabajo, aunque el obrero esté pobremente en el último lugar, porque todavía le queda el orgullo de haber hecho algo por ganar su pan cotidiano.

Habías visto a Jesús por los caminos sanando y bendiciendo, y habías tenido ganas de reproducir sus gestos llevándolos hasta los confines del mundo; esos gestos de apóstol, cuyos esfuerzos se ven a menudo recompensados por la alegría de descubrir en alguna mirada, un reflejo de comprensión y aprobación.

Y te habías olvidado de mirar con mucho amor toda la vida de Cristo, desde su comienzo en un pesebre, su cuna, donde había sido muy pequeño, como todos los otros niños. No un niño extraordinario, ni un niño prodigio, sino un niño como fuiste tú, sin ninguna gracia durante las primera horas o los primeros días, un niño pequeño que lloraba de frío acostado sobre la paja y que por amor se había puesto en este estado de total impotencia.

Fue ésa inicialmente la condición de nuestro Dios, y quiere ser contemplado y adorado en ese estado, no sólo por los pequeños, sino también por los grandes. Aceptó la adoración de pastores y magos, conducién­dolos, Él mismo, por medio de una estrella hasta ese Niñito sin grandeza ni majestad.

Es verdad que para comprenderlo se necesita tener una mirada de niño, un corazón de niño. Pero muy fácilmente olvidamos que ese estado de infancia espi­ritual, no es exclusividad de algunos.                              Se tornó obliga­ción, desde que el Señor Muy Querido, tomando de la mano un niño, lo puso en medio de los grandes que se peleaban por el primer lugar y soñaban con un reino terrestre, diciéndoles: «si no cambian y vuelven a ser como niños, no podrán entrar al Reino de los Cielos» (Mt 18. 3).

No dijo: no tendrán un buen lugar, sino «no entrarán» en mi Reino. Y estas palabras, no fueron bien comprendidas. Te habían dado explicaciones soñadoras o falsas, que no tenían en cuenta lo que es realmente la debilidad e impotencia de un niñito.  Entonces para hacértelo

comprender mejor, el Señor te redujo a la impotencia de la enfermedad que te hacía incapaz del más mínimo esfuerzo personal; o a una impotencia más dolorosa todavía, la del alma que se debate sin fuerzas en medio de las tentaciones, en el trabajo y el sufrimiento.

Y poco a poco, cansada de tantos esfuerzos inútiles te descubriste pensando en el Pesebre y en las Navida­des de antes, y tu desazón y sufrimiento se serenaron por un tiempo, como se sosiegan siempre, -aun los corazones más endurecidos- ante la mirada clara de un niño pequeño.

«Haciéndose niño tan pequeño, niño tan manso. Él nos dice: ¡confianza! ifamiliaridad! ¡no tengan miedo de mi! ¡vengan a mí! …No teman, no sean tan tímidos ante un niño pequeño tan manso, que les sonríe y les tiende los brazos. Ése es nuestro Dios, pero está lleno de dulzura y sonrisas … sean todo ternura, todo amor y todo confianza.» (Hno. Carlos de Jesús, Escrítos Espirituales)

Ahora entonces, me gustaría que te detuvieras a mirar este pesebre, a la luz de la estrella que guió e iluminó a los Magos y que comprendas sus enseñanzas. Deja no más que sonrían los que todavía no lo compren­den. Sobre todo, no les vayas a presentar un aspecto del Pesebre que los desconcertaría. Este Pesebre de Belén tiene algo tan bello y tan grande, porque contiene a Cristo entero, a la vez Dios y hombre, y que a continuación de esta cuna encontramos el Taller de Nazaret, la Pasión, la Cruz y toda la Gloria de la Resurrección y del Cielo.

Por exceso de amor. Cristo, Hijo de Dios, quiso pasar por el estado de impotencia del niño pequeño, único estado que pone a un ser en manos de otro, en total abandono.

A causa de esta impotencia, el niño pequeño se vuelve siempre hacia su padre. Es demasiado débil y demasiado pequeño para tener voluntad propia. Su voluntad es la de su padre. Le tiene una confianza tan conmovedora… ¿Haz visto ya ese gesto frecuente de un joven papá que levanta a su hijito sobre el vacío fingiendo que lo va a dejar caer? y el niño se ríe a carcajadas porque sabe bien que de su padre no le vendrá ningún mal.

Como todos los niñitos del mundo, Jesús el Cristo obrero, el Cristo de la pasión, el Cristo de la Gloria y de la Resurrección tuvo necesidad junto a su cuna, de la ternura de la Virgen María y del cuidado de San José quien guió sus primeros pasos, y sobre todo del amor de su Padre del Cielo, al que obedeció siempre desde su nacimiento en el pesebre, hasta su muerte en la cruz.

Contempla el Pesebre y que no te detenga el aspecto pueril de ciertas representaciones. Es la parte humana en la interpretación de las realidades divinas.

Que este Pesebre evoque solamente para ti, a Aquel que es tu Dios y que te llama a seguirlo en este espíritu de infancia y de abandono.

Que con Él tengas hacia Dios la actitud confiada del niño pequeño. Que con Él tengas hacia la Virgen María su Madre, ese tierno abandono y la exigencia del niñito que necesita la mamá cerca de su cuna. ¡Es tan dolorosa la cuna sobre la que no se ha inclinado una mamá!

No seas nunca grande para la Virgen. Déjala que te rodee con su ternura de madre. Pídele que te enseñe los secretos de su amor tan delicado por el Señor. Pídele que te ayude a ser siempre la humilde «servidora del Señor», en su verdadero papel de mujer, que sabe entregarse totalmente, desapareciendo y olvidándose de sí.

A Ella le confié todas las hermanitas de Jesús, porque uno entrega siempre lo que más quiere a la persona más amada, o en quien tiene depositada la mayor confianza.

A Ella, la Mediadora de todas las gracias, te encomiendo también a ti, y te pido que recibas de sus manos al Niñito Jesús, para tenerlo siempre contigo y llevarlo a través del mundo con su mensaje de humilde y confiado abandono, de sencillez y pobreza, de dulzura, paz, alegría y amor… un amor universal, por encima de las divisiones de clases, naciones y razas, para que reine entre los hombres

                                La Unidad en el Amor del Señor

¿Quieres recibir este mensaje que contiene el núcleo del pensamiento del hermano Carlos de Jesús, la esencia del espíritu de la Fraternidad de las herma-nitas de Jesús?

Ésta será la señal de que el Señor te llama para ser su hermanita, siguiendo al hermano Carlos de Jesús…»

                                              Hermanita Magdalena de Jesús septiembre 1952